domingo, 2 de septiembre de 2012

Diario de Menorca III. Final del viaje: Último café en Cala Blanca

"La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) decretó ayer el riesgo por lluvias y tormentas a las 16 horas y la mantendrá hasta la media noche de hoy viernes. En ese momento está previsto que se inicie la alerta amarilla por fenómenos costeros producidos por la tramontana, que alcanzará rachas de 60 km/h y se prolongará hasta el lunes."
última hora Menorca.

La llegada de los vientos de tramontana ayer, y la coincidencia de que era el 31 de agosto, funcionaron como pistoletazo de salida a todos los vacacionistas. Llegamos a Cala Blanca para tomarnos un cafe de despedida y no había nadie en el agua ni en ningún cafe del entorno, estábamos solos. La tramontana se lo ha llevado a todos por aire y por mar, y los que no escaparon, quedaron retenidos.
Adisel preparando Miel con sobrasada

Los recuerdos que dejas en la isla te pertenecen. Desde la sobrasada con miel, las ensaimadas del desayuno, imposible de ser más suaves, hasta el arroz caldoso con bogavante que comí en Cala n´Blanes, que es la mejor forma de ingerir una gran porción de mar en forma de cangrejo gigante, y yo que creía que solo se podía hacer con las ostras de Arcachón, en Burdeos.
Me prometí no convertir mi estancia en Menorca en el stress perpetuo de ver cada cala que me habían recomendado en Barcelona, pero eso es imposible, terminas recorriendo en coche y en bici, varias veces la isla buscando calas como una droga. Es cierto que en esta isla no hay museos de una vida cultural que exigimos algunos, no obstante, las calas son en sí mismas una obra de arte local de la naturaleza, ninguna es igual a la que está justo al lado, las del norte no se parecen a las del sur. Algunas tienen cuevas y lugares de enterramientos de la época de los talayóticos, los primeros pobladores, otras tienen presencia de la cultura fenicia; romanos y griegos dejaron una arquitectura de casas encaladas en blanco similar a sus islas mediterráneas y a los pueblos blancos del Sur de España y las casas de campo, muchas están adaptadas al cuidado de los caballos, herencia cultural que legada por los árabes que estuvieron asentados por acá más de cuatro siglos.
cala Binissafúller, mi cala ideal
Debo haber recorrido una decena de calas en una semana, Santandria, Sa Caleta (donde visualizé Mallorca en el horizonte), Cala Blanca, Cala Galdana (que me recordó Motril, en Granada, por sus montañas de piedras), Cala n´Porter, Arenal de Son Saura, Cala Morell, playas de Fornells, Cala n´Blanes, Caló Tancat, Cala n´Bosch, no obstante, tengo mi cala ideal: cala Binisafuller. Cerca de Binibeca.

Esta era una cala estilo Zen, íntima, vaginal, húmeda, arena infinitamente blanca, agua turquesa, silencio, una casa blanca al borde del agua, parejas leyendo y parejas con niños pequeños bañándose sin peligro por la altura, mucha naturaleza que hacia función de pubis sin depilar esparcido y dispersos en una altura, y sobre todo no terminaba abierta al mar, dando un gran giro que permitía que en caso de tramontana, sus aguas se mantuvieran muy tranquilas, casi inmóviles; y si a todo esto le unes que no había un hotel gigante cerca, no hace falta más descripción.
No todo fueron calas, la visita de día a Ciutadella, ciudad entrañable con palacetes del siglo XVIII muy bien conservados, plazas y especialmente un bar con un molino muy singular fue un gran referente con el recuerdo de una noche, la comida despedida en el café Balear con dorada y un vino blanco sublime. También las vistas desde el Monte Toro en el pueblo de Mercadal, y la visita a la torre y al faro de Fornells, donde, además, paseamos por el pueblo y terminamos casi al borde del agua es muy memorable.
Binibeca, en cuanto a pueblos de Menorca, se llevó el premio de mejor impacto emocional, por esa gracia de ser un pueblo blanco sembrado en las rocas cerca del mar queriendo ser un queso, con pasillos, patios, y casas laberínticas.
Vista Parcial de Binibeca


Escribo este final de viaje a Menorca, sobre un barco enorme que ha venido a sacar a viajeros de dos días, que no han podido salir en barcos más pequeños, los intensos vientos de tramontana nos secuestraron más tiempo del deseado en esta isla.
Ya veo el perfil de las montañas de Barcelona, tras la luz del atardecer que he visto cada día, religiosamente, desde Clot de sa Cera, en Menorca, incluso, veo algo más que las luces, pero saber donde voy, hace que el retorno tenga menos encanto que la ida, donde sí me sentía más fenicio descubridor, que urbanita barceloní.

Digamos que no tengo tanta nostalgia de la isla que acabo de abandonar, porque toda mi cultura de nostalgia surgió al abandonar la isla donde nací. Tengo, quizás, una protección adicional contra la creación de nostalgia isleña. No obstante, sé que ciertos azules vaginales de algunas calas me costarán olvidar, sé que cuando esté en las islas griegas, será un poco regresar a Menorca...

"Me gusta Menorca, porque me recuerda las islas Griegas, donde nunca he estado"



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