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miércoles, 15 de marzo de 2017

Ofélia de Queiroz: musa de carne y hueso del poeta Fernando Pessoa.

Yo entiendo al poeta Fernando Pessoa. Ofélia, era guapísima. Además, tenía nombre de personaje de Shakespeare en Hamlet.
No olvidar, que Pessoa era traductor de inglés. Debió de ver en su Ofélia portuguesa,  una Ofélia  también literaria. 
Y para colmo, con el apellido de un literato portugués: José Maria Eça de 'Queiróz,'  un escritor portugués, considerado por muchos el mejor realista de su país en el siglo XIX.
Estaba cantado... Ofélia tenía que ser su musa...
Y ella gracias a ser musa vivió nada menos que 91 años (1900-1991) sobrevivió a Pessoa 54 años. Esa es la consecuencia de que un poeta se enamore de ti. La vida se alarga. Aunque sufres. 
Sobre todo ella que conoció a un Pessoa desconocido y tuvo que vivir sin él presente, pero tras la publicación de toda su obra siendo reconocido como uno de los poetas más grandes del siglo XX. 
A pesar de su belleza Pessoa decidió no casarse, le agobiaba la costumbre. Le pudo su depresión que lo llevó al alcoholismo que fue la escenografía de una obra monumental que muchos adoramos. Es cierto que dejó retratada una vida de 'desasosiego' pero lleva de luz para quienes vinimos después. 
Fragmento de una carta.

●No puedo, por desgracia, abandonar la oficina donde trabajo (no puedo, claro está, porque no tengo rentas), pero sí puedo, reservando para la oficina dos días de la semana (miércoles y sábados), tener como míos y para mí los cinco días restantes. Ahí tienes la famosa historia de Cascaes. Toda mi vida futura depende de que pueda o no hacer esto, y pronto. Por otro lado, mi vida gira en torno a mi obra literaria – buena o mala, que sea, o podría ser. Todo lo demás en la vida tiene un interés secundario para mí: hay cosas que, por supuesto, estimaría tener, y otras que da igual vengan o no vengan. Es necesario que todos los que me tratan se convenzan de que estoy bien así, y que requerir de mí sentimientos, de hecho muy dignos, propios de un hombre ordinario y trivial, es como exigirme tener los ojos azules y el pelo rubio. Y tratarme como si fuera otra persona no es la mejor manera de conservar mi afecto. Mejor tratar así a quien sea así, pero en este caso es “dirigirse a otra persona”, o algo parecido. Me gustas mucho -mucho- Ophelinha. Aprecio mucho -muchísimo- tu carácter y tus sentimientos. Si me caso, no me casaré más que contigo. La cuestión es saber si el matrimonio, el hogar (o como se le quiera llamar) son cosas compatibles con mi vida y pensamientos. Yo lo dudo. Por ahora, y en breve, quiero organizar esta vida mía de pensamiento y trabajo. Si no puedo organizarla, está claro que ni siquiera podría pensar en el matrimonio.●
Fernando Pessoa.

Nota
 (Cartas de amor de Fernando Pessoa e Ofélia Queiroz, editorial Assírio & Alvim)

Cócteles en The Wittmore en Barcelona, me recuerda Hotel Costes en París.

Un lugar del que no quisiera escribir. Pues debería quedármelo en exclusiva, de hecho ya había venido un mes después de su apertura hace un año y no lo desvelé.  Uno no descubre a una amante casada y secreta en pleno corazón del gótico barcelonés, aunque presuma de pareja abierta.
 
Está en una calle sin salida (Carrer de Riudarenes, 7) justo donde debe encontrarse siempre el Paradiso. Que no necesita otra salida que el espacio de entrada en su vientre.

THE Wittmore es un exquisito lugar para tomar cócteles hechos por un argentino notable, Kevin, quien me hizo el mejor Negroni ahumado que he tomado, o cenar y pasar una tarde noche espléndida. Es verdaderamente cool, no solo por el jazz de fondo y ese aire British de elegancia que refuerzan su intimidad.
Es para mí, la mejor  réplica barcelonesa del Hotel Costes en el Distrito I de París, justo en una esquina de la Place Vendôme, que me descubrió mi sangre delatada en París, Sarah. 
Donde el mobiliario con sofás cómodos, alfombras persas, lámparas y estanterias de libros soberbia de más de cuatro metros de altura, pretende crear la atmósfera perfecta para una reunión de trabajo o de romance. Hay que añadir, que predomina el rojo y el negro dando una sólida escenografía al ambiente.

Aquí estoy con mi amigo Radamés Molina, con más de treinta años de relación y sólida sangre, poniéndonos al día de su estancia por un año en New York, y su ausencia de Barcelona, y la literatura, y nuestras novelas y proyectos comunes de vida, y nuestro dolores y depresiones y nostalgias como no: las mujeres habitables... 

Este lugar no tiene alma, tiene un buen concepto y diseño.  Me dice la encargada que habrá terraza en abril, y no dudo que será excelente aunque ya tiene buena competencia.


Carrer de Riudarenes, 7, Barcelona