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viernes, 28 de octubre de 2011

El café de la Pompeu

Pedimos un cortado, un café solo y un brownie, un trozo de tarta de chocolate caliente; no me gustó su textura, pero me recordó el bistec con chocolate caliente que me comí muy cerca de la Bolsa de Bruselas con  Gloria, Yara y Manolo Guirado, mientras escuchábamos Orishas en un restaurante art nouveau  donde no solo puertas y techos, sino todos los complementos del mismo, que incluían espejos, colgadores de abrigos, pomos de las puertas, y hasta las bandejas donde nadaba humeante la carne con chocolate transhumeaban modernismo. La sorpresa nos la llevamos al salir, una grúa tenía lista su pinza de cangrejo para llevarse nuestro coche mal estacionado, no ocurrió y pensé que debía agradecérselo al chocolate, que agilizó la partida.
Dejo a Yara muy cerca del mar como cada día, y la veo perderse entre la gente hacia su trabajo. Ibrahim Ferrer, con orquesta incluido, comienzan a cantar en el espacio reducido de un USB su versión de Quiéreme Mucho,  bolero del cubano Gonzalo Roig, de ascendencia catalana de Vilanova y la Gertrú, canción que este año cumple 100 años y que Roig vendió sus derechos por solo tres pesos de la época, lo mismo que nos costó el brownie.





foto: Un capuchino en Florencia. 2004

jueves, 27 de octubre de 2011

París, Les folies de Pigalle...


Hoy atravesé la ronda de Dalt,  o sea, la circunvalación de Barcelona que hace un arco sobre la ciudad hacia mi trabajo con uno de los discos de Paris Saint Germain. Con este grupo tengo dos recuerdos imborrables.
El primero, la llegada solo al inmenso aeropuerto de Bruselas perdiéndome entre sus múltiples pasillos llenos de esteras que te llevan como si flotaras mientras escuchaba en mi mp3 de la época, su primer disco Tourist, 2000; y el segundo, aunque ocurrió primero, la primera vez que Sarah, una amiga, nos llevó a las discotecas del barrio de Pigalle, en París, donde cogí mi primera borrachera de nostalgia acabado de llegar de La Habana,  impactado por las imágenes de chicas que espontáneamente o no, se subían encima de las mesas y se sacaban las blusas y se quedaban en top- less delante de todos y todas.
El crítico cubano Salvador Redonet Cook (fallecido en 1998), siendo profesor de la Facultad de Letras de la Universidad de La Habana en los años noventa, escribía en uno de sus ensayos sobre literatura erótica  cubana de mi generación:
"desde un nuevo prisma destruía los tabúes, la ignorancia, las imposiciones, las viejas e hipócritas convenciones, las máscaras desde voces capitales de los relatos: la homosexualidad, y en general, la amplitud de miras hacia toda relación sexual (...) son considerados y re-valorados como nunca se había presentado en en nuestra literatura. (véanse si no, los textos de Roberto Urías, Ena Lucía Portela, Rita Martín, Arsenio Rodríguez, Elena María Rame, y Alberto Abreu." pág. 27 de la antología Los últimos serán los primeros, 1993, ed. Instituto de Cooperación Iberoamericana de España y Letras Cubanas.
A pesar de estar incluido en esa nómina de escritores, no había vivido el erotismo social e impactante del barrio Pigalle en París, sobre todo cuando sales lleno de copas en la madrugada y todas las tendencias sexuales están en ebullición en el barrio mientras te abres paso entre travestidos, transexuales, prostitutas de todas las edades y países, gays, lesbianas, marchosos, voyeurs y clientes de sex shop y Museos Eróticos repletos de todo tipo de dildos, consoladores, masturbadores o masajeadores. Tanta libertad sexual expresada en un barrio no la había visto ni soñado en ninguna fantasía literaria, una cosa es la creatividad literaria en busca de una libertad expresiva, y otra, esta realidad con total libertad a ritmo techno chill out de Saint Germain.





foto: Constantito Arias, 1952.

martes, 25 de octubre de 2011

Encuentro en Nueva York: Viva la Música



¡Llegó Superman bailando guaguancó: Arsenio, Cachao, Patato!", entona uno de los coros del disco Patato y Totico (Verve, 1967), grabado en Nueva York. 
Es lógico que esta placa, insólita y genial, fuera íntegramente de rumba, ya que se trató del debut en solitario del percusionista Patato Carlos Valdés, quien vivía en Estados Unidos desde hacía diecisiete años. Lo que no resulta tan natural es que se haya logrado un encuentro histórico, en un mismo set de grabación, entre Arsenio Rodríguez en el tres —probablemente su última grabación— e Israel López Cachao en el bajo, junto a la excelente voz de Virgilio Martí y los arreglos del pianista René Hernández.
Entre todos no sólo se limitan a hacer rumba como si estuvieran en un solar de La Habana Vieja o en el barrio portuario Los Sitios (cuna de rumberos donde nació Patato en 1926), sino que experimentan con ella al fusionarla —quizás por primera vez— con la samba e introducirle elementos de la cultura norteamericana ausentes hasta entonces en los guaguancós habaneros.
Patato y Totico es un disco verdaderamente iluminador, pues no era habitual en esa época, ni en ésta, el formato musical que aparece en casi todas las piezas grabadas: tres (con improvisaciones notables), bajo, set de percusión y, a ratos, piano acústico. Se trata de un conjunto de piezas tremendamente nostálgicas, con alusiones a la infancia de los músicos, visibles sobre todo en el primer tema, Nuestro barrio, en que se mencionan todos los barrios de La Habana Vieja donde la rumba era habitual: Jesús María, Belén y Los Sitios.Pero no les basta con esto, sino que describen de forma minuciosa las calles de Centro Habana y la Habana Vieja, mencionando incluso la escuela de Artes y Oficios. El retrato de la ciudad cierra con un auténtico lamento: "Oh barrio alegre, Los Sitios asere, seguiremos guarachando, mientras el tiempo va pasando".
Sobrecoge, más que sorprende, que la mayoría de los músicos que participaron en la grabación llevaran muchos años fuera de Cuba. Los recuerdos son vividos como una obsesión, con ese autismo del exiliado que apela una y otra vez a un único pasado que no parece dejar resquicio a otra vida.
Ingrato corazón, el segundo de los temas, es un clásico guaguancó de despecho y separación, con expresiones paródicas y reticencias bíblicas: "la estrella que nos guiaba desapareció"; una oportunidad de oro para improvisaciones excelentes en el quinto de Patato entre un estribillo y otro: "Como lo ves señoraaa, ya todo terminó".
Qué linda va posee un arranque romántico en que se describe la belleza de la mujer amada, su andar, sus aires, su lucimiento..., de una forma discretamente poética. Al final de la pieza, la morena que va

sábado, 22 de octubre de 2011