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lunes, 12 de enero de 2015

Un domingo de enero del 2015 murió Anita Ekbergerg la musa erótica de "La dolce vita"

Todas las personas que visitan la Fontana di Trevi en Roma y les gusta el cine, (entre los que me encuentro y aunque estaba llena de gente recordé la peli fue 2010) tienen en la cabeza a una rubia descomunal "casi una diosa" bailando húmeda dentro. Es más que una escena erótica, es el erotismo en sí mismo. Nunca he vuelto a ver en cine el agua tan pegada a una piel,  Fellini tendría que estar enamorado de la imagen de esta sueca diosa, para escribir y filmar esta escena casi perfecta. O era un genio; me inclino por lo segundo.
El primer domingo de enero 2015, esta mujer con 83 años que nos hizo soñar húmedos en una fuente cuando era joven,  murió. El atentado de radicales islamicos en París, y sus secuelas, escondieron  una noticia transcendental para el cine europeo que no quiero pasar por alto en mi blog...
La escena es perfecta. Anita, que en la peli se llama Sylvia y habla en inglés con Marcello Mastroinanni  (que ella pronuncia:  ¡Marcheeello!) Va junto a él por una Roma de madrugada y desértica. Ella con esa altura de venus-afrodita griega, va de negro con una bufanda blanca descomunal. Se encuentra un gato blanco y juega con él hasta que ve la Fontana de Trevi y entra en ella...sus:  ¡Marrrchello, come here! Son una invitación orgiastica...
No olvidar que afrodita nació de la espuma de mar y representaba más  el deseo que el amor. Creo que el culto de Fellini tenía en su cabeza el cuadro de Boticelli... todo en un solo cuerpo.

Anita, no descanses en paz: vuelve hecha carne en la misma piel, please.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Cuna de Cervantes, balcones para escritores cubanos

 


Cierto que lo más impactante cuando uno entra a la ciudad de Alcalá de Henares, es su arquitectura medieval y su calle Mayor, con ese túnel formado por columnas de diferentes estilos pero con la misma misión. 
Uno sabe que está en el pueblo donde nació el manco mas útil  de la literatura universal, Miguel de Cervantes, pero el gusano del orgullo sale de paseo al descubrir al inicio de la calle en un balcón la foto de Guillermo Cabrera Infante, casi en el centro de la misma calle la de Alejo Carpentier, y al final, el rostro maravilloso de Dulce María Loynaz del Castillo, o sea, los tres escritores cubanos que han sido premiados con el Cervantes de literatura y junto a ellos, fragmentos de sus discursos al recibir el galardón, homenaje balconero imposible en el lugar donde nacieron los tres, pues a Guillermo, en vida, le negaron todos los honores en Cuba por no pensar igual que su gobierno y optó por irse como hemos hecho otros y con la partida, el ostracismo y condena de omisón absurda y permanente. Es cierto que no solo están ellos,  a cada uno le acompaña otro galardonado, pero los éxitos de un compatriota en el exilio, es como el triunfo personal y orgullo compensado porque este pueblo les recuerda, en fin, que a veces solo se tiene ojos para la memoria personal y colectiva de nuestro país de origen, lo siento. Escogí la foto de Alejo porque él escribió en su discurso que jugaba de pequeño bajo la estatua de Cervantes en la Habana Vieja, en el mismo parque donde lo hizo  Yara, mi esposa, de niña. 

Pensé que iba a ver un pueblo más o menos parecido a otros y me equivoqué, pues con el pretexto del nacimiento de Cervantes, los fragmentos del Quijote toman la ciudad, y, en el bar Hidalgo, muy cerca de la Universidad, uno puede ver azulejos con escenas del Quijote como si fuese una Biblia abierta por toda la ciudad. Si digo que parece que vas andando por dentro de un libro seguro todos me tildarán de un poeta exagerado, pero no es así. Este espacio de tanto reclamar la atención por ser la cuna de un gran escritor, ha terminado por ser páginas de la historia de la literatura española.
Con esta visita casi cierro un ciclo interesante con Cervantes, que comenzó en Sevilla  donde también él vivió y trabajó, como lo hice yo también, con la diferencia de que él, además estuvo preso allí en la Cárcel Real que estaba en la calle Sierpes, que una placa recuerda, y todos los estudiosos coinciden que comenzó a escribir nada menos que El Quijote, no obstante, aquí en Alcalá está señalada la casa donde se hizo la primera lectura íntegra y la imprenta que lo imprimió. Luego, he conocido su residencia temporal en Barcelona, en el Paseo Colón Nº2, donde no por casualidad situó unos de sus capítulos más importantes de El Quijote cuando entra a esta ciudad el día de San Juan. 
Me queda por conocer  de los sitios cervantinos emblemáticos en España, Esquivias, donde Cervantes se casó, justo en un pueblo con un nombre que significa alguien que no desea que le hagan muestras de cariño, solo él podía hacer estas cosas. Pero ese viaje  no está muy lejos, pues este vicio de seguir la huella de quien se admira es insaciable, y no hace daño, si no cultura y placer de ver correr a mi hija delante de su madre por estos lugares cerca de su casa natal, quizás como Cervantes también lo hizo una vez, hace varios siglos.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Julián Orbón, no sólo autor de 'La Guantanamera'

Julián Orbón


La fuerza de la música popular cubana, ha hecho que músicos clásicos de interés,  queden en un segundo plano, del que es necesario sacarlos para curar en salud todo el ámbito sonoro de la Isla. Hace veinte años que murió en Miami, Julian Orbón.
Es una lástima que Orbón haya sido reconocido, principalmente, por ser coautor de La Guantanamera; dicho más exactamente, fue quien introdujo los versos de José Martí en la canción, suceso descrito por Cintio Vitier en Lo cubano en la Poesía, en 1958. No es casual que Guillermo Cabrera Infante, escribiendo sobre Orbón, terminara diciendo: "No es recordado, para tristeza nuestra, como uno de los compositores más importantes de Hispanoamérica y de la propia Cuba".
Si miles de músicos cubanos residen y trabajan actualmente en España, Orbón representó, en su momento, la fase inversa del fenómeno. Nació en Avilés, Asturias, en 1925; con sólo 7 años llegó a La Habana de la mano de su padre, el pianista Benjamín Orbón (su madre era cubana). Sus inclinaciones musicales fueron evidentes desde el principio. Con esa edad comenzó a recibir clases de piano de su padre y de Óscar Lorié. Luego, debido a la situación política de España en la década del treinta, su familia se instala en Cuba de forma permanente. Quizá inducido por su progenitor, inició una carrera de concertista de piano que abandonó pronto; con ese instrumento debutó, a los 16 años, en la Academia Nacional de Artes y Letras de La Habana.
Luego estudia con José Ardévol (1911-1981), compositor y profesor catalán establecido en la Isla, y uno de los fundadores de la Orquesta de Cámara de La Habana. Este músico abogará por un regreso a la artesanía musical y a la creación de piezas basadas en las técnicas tradicionales de composición. En los años cuarenta, Ardevol y un grupo de alumnos se unieron para formar el Grupo de Renovación Musical, cuyo lema sería "la presencia cubana en el mundo de la música". Le dan así una nueva dirección al género, de gran importancia para la formación de nuevos talentos musicales. En este grupo figuraban Harold Gramatges, Edgardo Martín, Hilario González, Gisela Hernández, Virginia Fleites y Julián Orbón. En 1945 empieza una nueva etapa para éste último, cuando compone Sinfonía en Do mayor, que marca una ruptura con el neoclasicismo prevaleciente durante su asociación con el Grupo de Renovación Musical.
En 1945 gana el concurso y la cátedra para estudiar bajo la tutela de Aaron Copland. Copland reveló al joven compositor una nueva visión de las posibilidades sonoras y lo ayudó a especializarse en el campo orquestal. Ese verano conoce a figuras como Ginastera, y a compositores latinos como Roque Cordero, Juan Orrego-Salas, Hector Tosar y Antonio Estévez, y a los compositores estadounidenses Lucas Foss y Leonard Bernstein.
El novelista y crítico Alejo Carpentier, en su libro La música en Cuba, edición de 1961, comienza la reseña de este músico escribiendo: "Julián Orbón es la figura más singular y prometedora de la joven escuela cubana". Después agrega: "pasó por el Grupo Renovación como un meteoro, antes de declararse disidente, ejecutando el Concierto de Falla, cantando y tocando de memoria El retablo de Maese Pedro, citando a León Hebreo, a Unamuno y El Romancero, entusiasmándose con La tonadilla escénica un día, al otro con La guacanayara, acoplando a Scarlatti con Isolda, o improvisando boogiewoogies, en espera de dar el más inesperado viraje de orden romántico. ¡Ah, pero sin renunciar a la forma clásica!"
Carpentier cita, además, varias de las obras compuestas hasta entonces por Orbón, de clara inspiración neoclásica: Sonata Homenaje al Padre Soler; dos canciones con texto de García Lorca; Canción para nuestro niño, basada en un poema de Fray Luis de León; Romance de Fontefrida; música incidental para la Numancia de Cervantes; dos danzas y un interludio para La Gitanilla de Cervantes; el Capricho Concertante, para conjunto de cámara; El Pregón, basado en un poema de Nicolás Guillén; y Quinteto para clarinete y cuerda, que es el concierto de cámara que cierra la primera etapa de Julián.
Un año más tarde, en Cuba, se casa con Mercedes Vecino, nacida también en el seno de una familia de músicos, que fue musa y apoyo en su carrera y con la que tuvo dos hijos.
En 1951 compone su Cuarteto de Cuerda, que Don Henahan, crítico del Daily News, definió como "trabajo poderoso", y del que afirmó que era "uno de los cuartetos de cuerda con más fuerza de los que yo jamás haya oído".
En 1954 logra su primer éxito en el Festival de Caracas, donde le fue otorgado el 2º Premio por Tres Versiones Sinfónicas, siendo considerado " la revelación de Caracas". El Festival será una "medalla" en la carrera de Orbón, no sólo por la exposición de su música, sino por el reconocimiento y los contactos con figuras como Juan José Castro, Villalobos y Carlos Chávez, siendo invitado por éste último a dar clases de composición en México.
A partir de entonces su carrera vuela cada vez más alto. Es invitado por la Universidad de Columbia a un Forum de Composición (primer músico cubano al que se le concede tal honor). La Fundación Fromm le encarga Himnus Gallicantum. La Fundación Koussevitzky le encarga Concerto Grosso. La Universidad de Miami le encarga Danzas Sinfónicas, estrenadas bajo la batuta de Heitor Villalobos, quien dijo de Orbón: "el joven de 32 años está entre los mejor dotados y más originales compositores de nuestro tiempo".
En el año 1958 es galardonado con el Premio Guggenheim, que le sería otorgado de nuevo en el año 1969.
El renombrado clavecinista Puyana le encarga, en 1960, Tres Cantigas del Rey, cuando ya vivía en Nueva York y era vecino de Andrés Segovia.
En noviembre de ese mismo año acepta la invitación del Gobierno mejicano y se traslada con su familia a México. Estos años de transición le permiten trabajar de nuevo con Chávez. Su composición Monte Gelboé refleja estos años de exilio. La etapa mejicana es muy productiva, pues logra desenvolverse con destreza en el campo de la musicología, haciendo un estudio de la música latina desde sus orígenes.
En 1963 deja México y vuelve a Estados Unidos, donde dirigirá un Master de Composición y compondrá las Partitas números 1, 2 y 3. El año 1967 será importante para Orbón, porque es galardonado por la Academia Americana de Artes y Letras y porque, por primera vez en veinte años, vuelve a España. La década de los años setenta le resulta muy difícil, atraviesa una gran depresión a causa de su exilio. Aun así, revisó todo su trabajo con ojo crítico. En años sucesivos compuso Fantasía Tiento, Liturgia en tres días (inacabada) y Homenaje a la Tonadilla. En 1981 es invitado a Princeton.
Mientras en su país natal la biografía de Orbón era desconocida, figuras del relieve de Eduardo Mata lo definen como "la única y auténtica música hispanoamericana".
En 1986 tiene lugar su tercer viaje a España, en ocasión del homenaje que le rinde el Ayuntamiento de Avilés y el Conservatorio Municipal de la misma ciudad, que desde entonces llevará su nombre. En 1990 es invitado como conferenciante a la Universidad de Miami, donde finalmente muere un año después.
Es curioso, en una carta de Orbón a Guillermo Cabrera Infante se lee: "¡Nunca se conocen los caminos que llevan a la inmortalidad!". Carpentier, en el libro que cito, se quejaba en su semblanza de que Julián no le diera a su música más acento criollo, aunque advirtió que aún podía dar grandes sorpresas. Cierto. En 1963 Pete Seeger graba La Guantanamera, olvidando poner a su autor, conscientemente, o sea, a Julián Orbón. Los tribunales se encargarían de recordárselo años más tarde.
En un banquete, celebrando un Premio literario de Lorenzo García Vega, aparecen: Fina García Marruz, Eliseo Diego, Bella García Marruz, Collazo, Cintio Vitier, P. Angel Gaztelu, Lorenzo García Vega, Alfredo Lozano, José Lezama Lima, Julián Orbón, Mariano Rodríguez y Octavio Smith.

lunes, 29 de julio de 2013

Lazos del socialismo común: Cuba-Checoslovaquia

foto Arkolano
Flavia nació en Checoslovaquia, hoy su pasaporte dice: República Checa. De adolescente le prohibieron leer y estudiar a Milán Kundera, su compatriota, como a toda mi generación, a otro escritor exiliado del socialismo cubano: Guillermo Cabrera Infante. Ambos tenemos conciencia de haber sido pioneros socialistas, ella en largos inviernos, y yo en eternos veranos. Nosotros teniendo que usar pañoletas rojas atadas al cuello y compartir con Europa del Este, los mismos dibujos animados, la industria textil, y sobre todo autobuses y coches. También a ella la enseñaron a soñar y le robaron los sueños.
Antes de conocer a Flavia en una playa de la Costa Brava, todas las vibraciones que llegaban de

jueves, 7 de julio de 2011

La cultura europea de los balcones: libertad de expresión

Los balcones en el invierno europeo, parecen servir para lo mismo que en el Caribe, pero después de diez años, aquí, descubro que los que vivimos con balcón a la calle, no lo usamos con la frecuencia que quisieras debido a las inclemencias del clima.
Mi primer balcón en Europa, desde un 9no piso del barrio XV de París, en pleno invierno, me sirvió para entender que éste era un espacio ideal para conservar alimentos que requerían una temperatura entre 0 y 3 grados. Descubrí el balcón nevera, un leve contraste con el balcón que había abandonado en La Habana Vieja, donde uno pasaba horas mirando el barrio esperando nada, o la nada cotidiana como escribió brillantemente Zoé Valdés.
Reconozco que el uso del balcón que más me gusta es cuando ejerce como punto de información sobre sus inquilinos.
En Sevilla, los balcones en Semana Santa se engalanan con cruces del Niño Jesús; en Madrid, en las fiestas de La Paloma se llenan con mantones de Manila colocados de forma triangular; en Barcelona, muchos balcones muestran las banderas independentistas o la bandera oficial de Cataluña, o la del F C Barcelona cuando se discuten partidos importantes lo que demuestra que el barça es: més que un club, pero sobre todo en el año 2000 cuando la guerra contra Irak, que casi todos rechazamos, los balcones eran una expresión de paz de cada ciudadano abalconado con fachada a la calle.
Existe, en la calle Ferràn de Barcelona que va de las Ramblas al Ayuntamiento, una pareja de balcones que le he puesto Islas de Cuba, pues tiene macetas con plátano, una por cada pequeño balcón, y me recordó cuando mi amigo Radamés estuvo en casa de Guillermo Cabrera Infante,  en Londres, para hacerle una entrevista, lo que más le llamó la atención, fue precisamente la mata de plátano que tenía en su casa, o sea, su sentido de ser Isla en el exilio pasaba por tener su metáfora, aplatanao en London.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Zona congelada


Como diría Guillermo Cabrera Infante, Barcelona padece hoy de bruselosis, un cielo gris al estilo de Bruselas donde él vivió un tiempo. El Mediterráneo, como espejo, contribuye a generar un paisaje gris de invierno, con solo dos grados, pero con sensación térmica de cero. Los inviernos en mi país natal no eran muy fríos, pero tenía sus zonas...
Mientras mi esposa y yo estábamos de viaje como miembros del equipo de producción de un concierto, de un cantautor amigo, en el Teatro Terry, redescubrimos Cienfuegos. A ambos nos nació espontáneamente un Plan B, si no nos íbamos, nos mudaríamos para allá, y preferiblemente a las inmediaciones del Hotel Jagua, en Punta Gorda, donde sus casas dan a la bahía por la fachada y por el patio, casi una isla.
Fue el último viaje interprovincial que hicimos juntos antes de irnos, y el que más nos marcó. Tomamos conciencia del afrancesamiento urbano de Cienfuegos, su mirada a la bahía, sin tanta decadencia urbana como la de La Habana Vieja, ya por aquel entonces siempre oscura y llena de policías. En esta ciudad, también conocida como la Perla del Sur, había claridad, sus calles amplias y bien diseñadas, y quizá algunos policías, pero no eran los mismos que ya me conocían y, no obstante, cada día me exigían les mostrara mi identificación por absurdas razones.
Me impactó el diseño del cementerio de Reina, con sus nichos del siglo XIX similar al antiguo cementerio de Espada de Centro Habana, que bien describe Guillermo Cabrera Infante en una de sus novelas.
Pero lo que más me gustó y donde quería tener mi casa era en esa breve península de Punta Gorda, con palacios eclécticos de inicios del siglo XX, casas de madera con techos a dos aguas, portales y celosías, donde me imaginaba paseando por las tardes con la niña que tuviese, siempre quise tener una niña.
Cuando hablé en el hotel de esta posibilidad con un camarero me dijo: - eso es “zona congelada”, ni sueñes; me asombré, - ¿por qué?; -porque la casa que viste que está cercada y con posta policial y embarcadero de yates casi en el centro, es la de Fidel Castro, todos los que vivan alrededor, tienen que ser investigados por la seguridad, y si tienes familia en el extranjero o has tenido algún lío con la monada (policía), ¡olvídate!
Solo ahí desperté y decidí que mi Plan, tenía que ser solo el Plan A, irme adonde fuera y a como diera lugar, cada lugar de esa isla tiene un solo dueño.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Foto de Guillermo Cabrera Infante en Cuba años sesenta.


Sentados, a la izquierda, Ricardo Vigón (1928-1960), junto a Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), en el solar habanero donde vivía el escritor con su familia. Circa 1948. «Todo lo que sé de cine (…) se lo debo a tres personas: Ricardo Vigón, Germán Puig y Néstor Almendros. Pongo a Vigón en primer lugar (…) porque es a él a quien debo más”. Guillermo Cabrera Infante: Un oficio del siglo XX © Fotografía de Germán Puig

Me resultó impactante encontrar en la red, esta foto de Cabrera Infante trabajando en un solar habanero con Roberto Vigón. No deja dudas de que está en su casa, los rostros de las niñas, y los cubos de agua en cada puerta,  añaden un realismo insultante. El hecho relevante de que él está sentado en el único sillón de la escena es Excelente.

Están en un solar habanero o casa de vecinos como se dice en España, la naturalidad de la escena y la precariedad con que se desarrolla la creatividad de los dos personajes miuy jóvenes que luego serán claves en la cultura cubana es una maravilla. Ver a Cabrera Infante en camiseta blanca de mangas cortas para quien lo conoce en traje en la contraportada de todos sus libros no deja de ser peculiar, y le imprime un carácter a sus textos como prueba que ha escrito lo que ha vivido.