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domingo, 26 de octubre de 2014

¿En Barcelona amanece o el cielo es un lienzo?


El cielo a la altura del Prat en el Baix Llobregat, no parece la escenografía de las nubes en otoño-invierno en el Mediterráneo barcelonés;  tiene, de hecho, la propiedad de un lienzo con los matices que imitan mal y groceramente ciertos óleos que no deberían ser. Es difícil imitar esta naturaleza.
Si contara las religiones y la literatura que durante siglos invitan al hombre a mirar atardeceres y amaneceres no podría escribir este post, haría una enciclopedia.
Hoy no la miro por recomendación de ninguno, hay amaneceres así de apacibles en otoño e invierno que si no lo miras,  sabrás que te pierdes algo esencial, que tu vida es menos vida. 
Como muchas veces yo no puedo por trabajo y otros cuelgan en redes  su versión del cielo que disfruto, y su amanecer, hoy yo regalo este.


Make love en La Habana: Posadas.

El creador de  sonidos o bandas sonoras de las películas porno, tuvo que vivir una experiencia como la que se vivía en La Habana cuando uno iba con su pareja a Los Albergues del Amor, nombre oficial, en realidad: Posadas, como se conocían popularmente. 
Después de recoger las llaves y pagar en una minúscula ventanilla, te dirigías con  el número de la habitación en la llave misma y recorrías un pasillo que se hacía infinito por las ganas y deseo que iban aumentando por los gemidos de otros que ya habían comenzado el juego, y  lanzaban al aire, y a tu encuentro, su lujuria desenfrenada: siiiiiiiiiiiiiiiiiipapi; queeeeeerico miamol; no, más suave, !no termines todavía!… El calor todo el año y la precariedad que reducía los aires acondicionados a ventiladores soviéticos de plástico que echaban muy poco o nada de aire, hacía que las ventanas abiertas aumentaran el stereo de ese sonido.
La Monumental, Canada Dry, Diana, Las casitas de Ayestarán, La Pampa, La Campiña, Venus,  había muchas posadas en La Habana, pero una de las más famosas coincidía con mi lugar de residencia en la barriada del Vedado: 11 y 24. Allí hacías una cola entre los árboles semiocultos, la cola era de matrimonios divididos por la falta de hogar propio, adúlteros furtivos en  horarios laborales y jóvenes sin habitación propia que trabajaban y pasaban de ser sorprendidos por un abuelo o unos padres.  Se iba en pareja, no era como Las Cabañas, en República Dominicana, o Los Telos, en Argentina, donde podías pedir una chica o travesti.
En 11 y 24, algunos, durante la espera, comenzaban los preliminares allí
mismo, en la cola.  La primera vez que fui quedé impactado con una pareja que comenzó con desatino lo que reservaban para su habitáculo, y sin pavor a las miradas fueron a lo suyo, concluyendo entre risas al tomar conciencia de que estaban rodeados.
Estaba oscuro, pero la palidez del culo de la chica se podía distinguir perfectamente cuando el chico le bajó las bragas (blumers). Yo hice como que no miraba para hacerme el mayor ante mi acompañante, realmente  sin saber qué hacer. Ella era castaña tirando a rubia, con ojos asiáticos, algo muy común en una isla con gran influencia china desde el siglo XIX, quizá fuera la futura protagonista de una novela de Guillermo Cabrera Infante... 
No obstante, reconozco que, ya en la habitación y luego de desnudar torpemente a mi novia, cuando comenzamos nuestros movimientos, el sonido que llegaba a nuestra habitación era como de un concurso de gemidos, tan fuertes, que era imposible sustraerse y concentrarse.  Mi chica no decía ni mu, aunque dijo que disfrutó, luego relacioné durante años, los gritos con el placer, gritos que las pelis porno han degradado al chiste con sonido digital desfasado a los gestos, pero lo vivido en mi final  de adolescencia entrando a la madurez… permanece en el oído.
La última que fui a una de ellas,  fue premonitorio. La calle donde estaba ubicada se llamaba, Barcelona, justo detrás del Capitolio,  cerca de la tabaqueria más famosa de La Habana: Partagás donde trabajó Compay Segundo. 
Fue una premonición. He vivido los últimos 14 años de exilio: en Barcelona, demasiadas coincidencias para que no sea espiritismo sexual.