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martes, 25 de octubre de 2011

Encuentro en Nueva York: Viva la Música



¡Llegó Superman bailando guaguancó: Arsenio, Cachao, Patato!", entona uno de los coros del disco Patato y Totico (Verve, 1967), grabado en Nueva York. 
Es lógico que esta placa, insólita y genial, fuera íntegramente de rumba, ya que se trató del debut en solitario del percusionista Patato Carlos Valdés, quien vivía en Estados Unidos desde hacía diecisiete años. Lo que no resulta tan natural es que se haya logrado un encuentro histórico, en un mismo set de grabación, entre Arsenio Rodríguez en el tres —probablemente su última grabación— e Israel López Cachao en el bajo, junto a la excelente voz de Virgilio Martí y los arreglos del pianista René Hernández.
Entre todos no sólo se limitan a hacer rumba como si estuvieran en un solar de La Habana Vieja o en el barrio portuario Los Sitios (cuna de rumberos donde nació Patato en 1926), sino que experimentan con ella al fusionarla —quizás por primera vez— con la samba e introducirle elementos de la cultura norteamericana ausentes hasta entonces en los guaguancós habaneros.
Patato y Totico es un disco verdaderamente iluminador, pues no era habitual en esa época, ni en ésta, el formato musical que aparece en casi todas las piezas grabadas: tres (con improvisaciones notables), bajo, set de percusión y, a ratos, piano acústico. Se trata de un conjunto de piezas tremendamente nostálgicas, con alusiones a la infancia de los músicos, visibles sobre todo en el primer tema, Nuestro barrio, en que se mencionan todos los barrios de La Habana Vieja donde la rumba era habitual: Jesús María, Belén y Los Sitios.Pero no les basta con esto, sino que describen de forma minuciosa las calles de Centro Habana y la Habana Vieja, mencionando incluso la escuela de Artes y Oficios. El retrato de la ciudad cierra con un auténtico lamento: "Oh barrio alegre, Los Sitios asere, seguiremos guarachando, mientras el tiempo va pasando".
Sobrecoge, más que sorprende, que la mayoría de los músicos que participaron en la grabación llevaran muchos años fuera de Cuba. Los recuerdos son vividos como una obsesión, con ese autismo del exiliado que apela una y otra vez a un único pasado que no parece dejar resquicio a otra vida.
Ingrato corazón, el segundo de los temas, es un clásico guaguancó de despecho y separación, con expresiones paródicas y reticencias bíblicas: "la estrella que nos guiaba desapareció"; una oportunidad de oro para improvisaciones excelentes en el quinto de Patato entre un estribillo y otro: "Como lo ves señoraaa, ya todo terminó".
Qué linda va posee un arranque romántico en que se describe la belleza de la mujer amada, su andar, sus aires, su lucimiento..., de una forma discretamente poética. Al final de la pieza, la morena que va