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domingo, 20 de mayo de 2012

La música en la fundación de la República en Cuba: 20 de mayo 1902

En 1895 la población cubana se estimada en 1.800 000 habitantes. Un censo general realizado por el Gobierno norteamericano en 1899 declaró 1.572 000 habitantes, de los cuales medio millón eran analfabetos. Teniendo en cuenta el crecimiento normal, la guerra de 1895-1998 había causado, en algo más de tres años, la pérdida de la quinta parte de la población. Por aquel entonces las condiciones higiénicas eran deplorables y existían mortales enfermedades endémicas, como era el caso de la fiebre amarilla. En la Habana, un año después de terminada la guerra, se dieron 1300 casos de fiebre amarilla con 322 muertes. En todo el país quedaron sólo 541 escuelas primarias, cuando al inicio de la contienda, en 1895, funcionaban 910. Sin embargo, a pesar de este panorama, en las zonas urbanas se bailaba danzón; en los salones de la alta sociedad, contradanzas; el charleston frenético minaba los hoteles junto al rag-times; las bandas amenizaban retretas en plazas y parques, las comparsas se ramificaban con sus congas por las ciudades, los solares habaneros se estremecían con bembés y rumbas de cajón y el zapateo alegraba las tonadas campesinas y las serenatas, junto con el recién nacido bolero. Ritmos todos que formaban parte de la banda sonora de la naciente república. Parece que nuestros predecesores querían olvidar con música y baile tantos años beligerantes, desde la década del 40 del siglo XIX, con Narciso López, hasta 1898. Luego de terminada la guerra, surgen otros coros al calor de la sociedad abakuá. Los de clave, ya existentes, comienzan a incorporar en su repertorio el rítmico guaguancó, además de las claves, habaneras y marchas abakuá. Lo mismo que la guaracha, los cantos tahonas, las primeras comparsas y los estribillos cantados en "lengua africana" por los tangos de los cabildos, el guaguancó sonaba en las calles al triunfo de las armas mambisas y durante la evacuación de las tropas españolas. En las calles de La Habana, entre 1896 y 1897, ya se escuchaba en las rumbas habaneras el popular guaguancó, llevado a esta ciudad por los hermanos Apolonio y Carlos Víctor Lamadrid, obreros portuarios matanceros que por entonces fijaron su domicilio en el barrio de Colón. La musicóloga María Teresa Linares ha afirmado que Ignacio Piñeiro ingresó en un coro de claves y guaguancós justo en 1901. Dichos coros no estaban formados sólo por negros, según ha confirmado esta frase de José Antonio Saco: "La música goza de esa prerrogativa de mezclar negros y blancos, pues en las orquestas vemos profusamente mezclados a los blancos, pardos y morenos". Los coros de claves que concurrieron en La Habana a fines del siglo XIX se extendieron hasta principios del XX. Entre los títulos de claves se recuerdan El arpa de oro, El botón de oro, La moralidad, La juventud, entre otros. Éstos eran acompañados sólo por una viola y un pequeño tambor, hecho de un banjo sin cuerdas y cubierto de un cuero en el que se percutía. En los textos de las claves no había intención ni ritmo de baile, eran líricos. Los coros estaban integrados por un censor y varias decimistas, mujeres de voces altas y potentes "clarinas" que se reunían sistemáticamente en locales y ensayaban para cantar en los barrios durante la natividad y otras festividades.



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Raimundo Valenzuela, a quien Lezama le escribió un excelente poema, El coche Musical.

La contradanza y la danza cerraron el siglo XIX musical cubano después de servir de puente musical mediador entre la burguesía y los diferentes sectores de la clase dominada, y dar paso al danzón. Arraigado entre lo más humilde de         la población, y de absoluta aceptación en recintos más refinados, este género marcó toda una época.

Tony Évora refiere que cuando José Martí se embarcó desde Haití hacia la Isla para iniciar la última batalla, hacía tiempo que los bailes de figuras de las contradanzas habían cedido lugar a la danza criolla, lo que representó un cambio coreográfico muy significativo. Junto al guaguancó y el bolero, poco a poco ésta pasó a formar parte de los ritmos-símbolos de la nación independiente.

"Desde la ocupación militar norteamericana en 1898 y aún después de su retirada en 1902 —apunta Leonardo Acosta—, la Isla fue prácticamente inundada de todo tipo de músicas y bailes norteamericanos. Estados Unidos había llegado a controlar casi totalmente la economía del país, incluyendo negocios que eran relativamente modestos, como el turismo y el entretenimiento. De ahí que surgieran nuevos hoteles, muchos de ellos propiedad de norteamericanos, y numerosos centros de entretenimiento capaces de satisfacer los gustos del norteamericano medio, y aquí la música y el baile desempeñaban un papel importante".

No es casual que "algunos cubanos" vieran en la música norteamericana (jazz y charleston) un elemento extranjerizante en nuestra cultura. Como por "arte de magia", el danzón, que había sido calificado antes por una clase dominante y racista de "lascivo", "salvaje" y sobre todo "negro", se convierte en "baile nacional". Leonardo Acosta lo define así: "...lo paradójico es que estas contradicciones, veleidades y actitudes hipócritas hayan beneficiado primero la aceptación del danzón, y más tarde del son, y que luego fuera precisamente el danzón el primer género musical cubano que asimilara influencias norteamericanas, al incluir pasajes enteros de piezas de Broadway y del Tin Pan Alley, sin por esto perder un ápice de su sabor cubano".

Pero cuando la clase dominante aceptó el danzón, la rumba quedó fuera por decreto emitido en 1901 por el Ayuntamiento de La Habana, durante la primera intervención norteamericana, en el cual se prohibía "...el tránsito por las calles habaneras de las agrupaciones de comparsas conocidas con el nombre de 'tangos', cabildos y claves y (...) el uso de tambores de origen africano en toda clase de reuniones, ya se celebren éstas en la vía pública como en el interior de edificios".

Quizá uno de los músicos más notables de la época fue el compositor de danzas criollas Ignacio Cervantes Kawanagh (1847-1905), quien, al terminar la contienda militar en 1898, regresó a la Isla proveniente de los Estados Unidos, donde escribió algunas de sus más importantes piezas. El 25 de enero de 1901 se estrena en el Teatro Albisu, en La Habana, la opera cómica Los saltimbanquis, compuesta por Cervantes. En 1902, durante la Exposición Universal en la ciudad de Charleston, el compositor fue elegido para participar como "Embajador de la música cubana", y pudo dar a conocer muchas de sus danzas, además de intercambiar con notables compositores como Scott Joplin. Junto a Cervantes, podrían estar Laureano Fuentes y Gaspar Villate.
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José Urfé

Un año antes, en 1901, llegó a La Habana Sindo Garay (1866-1968). Con apenas ocho años, Sindo sirvió de enlace para llevar órdenes del general José Maceo. En una entrevista el músico declaró: "¡Sí señor! Yo estreché la mano de Martí en Dajabón, República Dominicana, en 1895, dos meses antes de inmolarse en Dos Ríos". Además de conocer a los protagonistas de las independencia fue alumno aventajado de Pepe Sánchez, a quien se debe la paternidad de la canción cubana. "Pepe fue un gran cantador y cubanizó la canción. Tiene que figurar como precursor de la trova cubana. Él fue el único maestro que tuve en mi vida. ¡Lo digo yo: Sindo Garay!", refirió el músico.

Las grabaciones también están presentes en el nacimiento de la República, vale mencionar que de 1898 a 1900 la soprano cubana Rosalía Chalía Díaz de Herrera (1864-1948) grabó unos 40 números para los cilindros Bettini. Su casi desconocida carrera lírica la llevó a México, Italia, Venezuela y España. Tenía 36 años cuando grabó en 1900, en Estados Unidos, para la Víctor, con acompañamiento de piano y en algunas ocasiones con flauta y/o la voz de un barítono, anota Cristóbal Díaz Ayala.

Resultado de imagen de ignacio cervantes Entre los años 1903 y 1905 —afirma Yarelis Domínguez Benejam— la agrupación de Guillermo Tomás, el Orfeón Municipal, grabó para el sello Zon-o-Phone Record 30 obras de su repertorio, entre ellas Viaje a un ingenio de Tomás y el danzón El pulpero, del director de orquestas danzoneras Raimundo Valenzuela. Fueron éstas las primeras grabaciones hechas en la Isla para un disco de placa. Ambas se realizaron el 1ro de octubre de 1903 en La Habana, con registro 2-13099 y 2-13129 respectivamente. Estos discos eran de una sola cara y de 91 (rpm).

La rumba no se quedó afuera en cuanto a grabaciones; la noticia más antigua que se tiene hasta el momento de las grabaciones de este género en soporte fonográfico se remonta al año 1898, cuando un vocalista de origen desconocido, clasificado como "tenor" y de nombre Arturo Adamini, registró para la casa productora de fonogramas Edison (Ed –4247), en un cilindro de metal de dos minutos de duración, un tema titulado Los rumberos.
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José White

No sólo de música cubana popular se alimentaba el oído de la época. De 1900 a 1903 la Banda Municipal de Guillermo Tomás, hizo una intensísima labor de divulgación wagneriana, ejecutando grandes fragmentos de la Tetralogía, y las oberturas y preludios de Tannhähuser, Parsifal, Tristán, El buque fantasma y Los Maestros cantores, entre otras piezas del repertorio clásico.

En fin, si quisiéramos hacer un CD antológico con la banda sonora musical que se escuchaba en los diferentes estratos sociales de la Isla en mayo de 1902, según la literatura musical de la época, sería más o menos así:

  1. Adiós a Cuba (danza), Ignacio de Cervantes.
  2. Los rumberos (guaguancó), Coro de Claves y Guaguancó.
  3. Martí no debió morir (clave), Coro de Claves.
  4. Danzón, Orquesta típica de Enrique Peña (donde militaba José Urfé).
  5. Rosa N 1 (Canción), Pepe Sánchez (1856-1918).
  6. La Kalunga (Contradanza) Enrique Guerrero.
  7. Danzón Orquesta de Raimundo Valenzuela.
  8. La ingratitud (danzón) Orquesta de Miguel Failde.
  9. Conga Cocuyé del Barrio los Hoyos, Santiago de Cuba.
  10. La Virgen tropical (habanera). Autor: Gastpar Villate, intérprete: Orfeón Municipal de Guillermo Tomás.
  11. La Belén (punto de clave). Enrique Guerrero.
  12. Clave a Maceo (canción). Sindo Garay.
  13. Estándar del jazz, de Scott Joplin.
  14. La bella Cubana (melodía), José White.