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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Ante la tumba de Oscar Wilde en Père Lachaise

DEL LIBRO ME GUSTA DAR DE COMER A LOS ELEFANTES Ediciones Muntaner. Arsenio Rodríguez Quintana.

"Ante la tumba de Oscar Wilde en Père Lachaise"


Cuando estás ante la tumba de Oscar Wilde solo puedes hacerlo ante él mismo, se eleva por encima de ti convertido en metáfora de un egipcio alado que puede marcharse en cualquier momento con su poesía a otra parte...
De todas las tumbas de escritores que he visitado, la de Gertrudis Gómez de Avellaneda en Sevilla; la de Antonio Machado, en Collioure; la de Lezama en La Habana; la de Samuel Beckett, Cortázar, Ionesco y Sartré en Montparnasse, Dante Alighieri, en Florencia, o la de  Balzac muy cerca de ésta de Oscar Wilde, solo aquí la encontré llena de labios marcados como un cuerpo de besos... Todos los otros elementos: flores, tickets de metro, poemas anónimos era muy parecido a cualquier otra, estos labios  rojos (vermell, dice mi niña en catalán) sobre la piedra, no. Este detalle hace esta tumba de Wilde una memoria diferente. Estos besos pop  me hicieron pensar en un principio en un homenaje indirecto a Andy Wharol.
"Desde un ángulo oscuro de mi estancia, durante más tiempo del que puedo imaginarme, una Esfinge bella y silenciosa me acecha a través de las tinieblas ondulantes. Intangible y quieta,

jueves, 30 de junio de 2011

El mar en los labios: ostras!!!

La primera vez que comí ostras, fue en Burdeos, cuando llegué a Europa, 1999. Tras traerlas una camarera, Sarah, mi amiga cogió limón y le esparció un poco por encima. Cuando miré fijamente las ostras, advertí que éstas se encogían, y me pareció un crimen llevarme a la boca algo tan vivo, recordé el cuento Los asesinos de Hemingway. Y descubrí que la piel suave de las ostras sirve para que sepas que el mar también puede llevarse apaciblemente al paladar en forma de carne.
Luego comí ostras magníficas con Manolo Guirado, Yara y Gloria, en Bruselas, y en Collioure,

lunes, 31 de enero de 2011

Ante la tumba de Antonio Machado en Collioure, Francia.

Una tarde de enero de 1939, Antonio Machado con 64 años baja del tren con el que pasó la frontera de España a Francia, iba con su madre quien lo ayuda a andar, ella tiene 88 años, ambos están cansados de huir por varias ciudades españolas desde 1936, comienzo de la guerra. Muere en un pequeño pueblo costero al Sur de Francia llamado Collioure, 24 días después. Su madre le sigue tres días más tarde.

Cuando llegas a este pueblo costero te atrapa su encanto, su infinita brevedad arquitectónica frente al mar y los Pirineos. El perfil costero lo marca un castillo fortaleza a pie de playa y una iglesia fortín cuyo campanario parece que nace en el mar. Se advierte que este pueblo vive del mar y la frescura de las ostras de la comida junto con los filetes de anchoas, lo certifican.
Impacta la sencillez de la habitación en bajos de la casa donde Machado pasó sus últimos días, o por lo menos a mí, que gracias a mi suegro conocí un día en Sevilla el gran Palacio de las Dueñas donde vive la duquesa de Alba, y donde el poeta nació y pasó su infancia también con