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martes, 15 de diciembre de 2015

Dejo a mi niña. Baja el ascensor. Estoy solo.


Baja el ascensor y arriba se ha quedado mi niña después de 24 días con ella. Ya sé las ventajas de volver a la vida social. También sé que me costará adaptarme a tener el corazón lleno de luz de su cuerpo, lejos.  Hoy será un agobio no verla durmiendo o verla quedarse dormida mientras le leo.
Ya sé que quienes me siguen creerán parcialmente que estar separado y solo; es como tocar en un grupo de éxito; o es lo más cercano a vivir.  
Es cierto, pero algunos que conozco,  además de mi mísmo, también somos felices con esos trozos de vida que son los hijos. Y nos cuesta horrores la primera semana sin ellos. 
Ahora estoy triste. Y como me encanta llorar en público estoy en el restauran Machito de Gràcia llorando el ritmo de rancheras que aquí no paran de sonar.
Afuera mucha gente es feliz con las fiestas de Gràcia, como yo ayer del brazo de mi hija, como yo y ella del brazo de un cono de helado cada día en Côte d' Azur o en el Tío Che de Poblenou.

Baja el ascensor, dejó a mi hija, estoy solo. Una lástima no ser un poeta del siglo XIX  o tener la valentía de Ozamu Dazai. 




Yo ante el barro del café olla de Machito.

martes, 22 de julio de 2014

Volvería a tener una niña solo para verle el rostro tomando helados en verano en PobleNou


Hace unos días escribí una de mis frases exageradas que me definen: 
"tendría una niña sólo para llevarla a comer helado." 
Hoy amplió esta frase  de verano: "sólo se debería ser padre  para llevarla a la playa y luego tomar un helado en el "Tío Ché" en Poblenou, en Barcelona. 
La felicidad de mi niña nunca es costumbre. Eso lo aprendes en los hijos, a quienes hacerles feliz siempre es una carga positiva y renovadora, da igual que los lleves a los mismos lugares una y otra vez. Si esos espacios de poder lo hacen felices, no tienen ningún problema en repetir la fórmula de la felicidad. Si quieren no me crean, pero aprendo de mi hija mucho más de lo que a veces le enseñó, esa es una forma de felicidad en exclusiva.
Volvería a tener una niña como Maya para cuando se despierta en la mañana me abrace y diga ¡te quiero papa!
Ojalá la vida siempre fuera siempre así, verla correr y reír al compás de las olas.
No estoy alegré por estar cansado de estar triste, sino por considerar su vida como una presencia.







En las imágenes de arriba atada a un helado después de playa en el Tío Che
De Poblenou...