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sábado, 10 de septiembre de 2016

Caída de la tarde en Menorca.

Caída de la tarde en Menorca, allí es una religión ver el atardecer. Sobre todo por estar de vacaciones, pero debería ser siempre.
No te acostumbras a los atardeceres. Si te acostumbras a ellos haces evidente que estas muerto.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Cala Binisafuller. Cerca de Binibeca, en Menorca. Agosto del 2012.


«Esta era una cala estilo Zen, íntima, vaginal, húmeda, arena infinitamente blanca, agua turquesa, silencio, una casa blanca al borde del agua, parejas leyendo y parejas con niños pequeños bañándose sin peligro por la altura, mucha naturaleza que hacia función de pubis sin depilar esparcido y dispersos en una altura, y sobre todo no terminaba abierta al mar, dando un gran giro que permitía que en caso de tramontana, sus aguas se mantuvieran muy tranquilas, casi inmóviles; y si a todo esto le unes que no había un hotel gigante cerca, no hace falta más descripción».

domingo, 4 de septiembre de 2016

Cala Sa Tuna en Begur: La belleza o sintonía de la felicidad.

Confieso que desde mi última visita a Menorca no había pisado una Cala, que entrará directo a la geografía favorita de mis sitios de la Costa Brava, u otros lares. La forma en que las rocas no permiten la visión directa del mediterráneo con la pequeña playa. No parece naturaleza,  es 'un abrazo de rocas' con mar de fondo.
El impacto no fue sólo mío, Floret  no conoce de Calas en España, entró al sueño con la paz de quien tiene detrás una piscina natural que filtra la transparencia del Mediterráneo. 
Ayuda que fuera el atarder.  Ayuda que antes en Begur el ruido y el bullicio de su fiesta de indianos dedicada a Cuba, te hacen querer fusionarte con el silencio zen de esta cala. Ayuda que la belleza de una piel fluya en su contexto natural.  Yo mientras el sueño de Floret encontraba su casa ideal, leía a Ruy Castro en su libro "Bossa Nova".. 
"La Bossa nova es lo más parecido que hay a una 'sintonia de la felicidad', y su historia es también la historia de una felicidad"... 
Sa Tuna, queda en mí como "una sintonía de la felicidad" donde volveré para restablecer el eco de ciertas heridas. 
Floret reescribió una metáfora en verso que resume mi texto: "Un abrazo de rocas..."



Nota...Glamour  historico de Begur

Cuando la Costa Brava compitió con la Azul y la Riviera italianaLa inauguración del lujoso hotel Cap Sa Sal en Begur llevó a la localidad de Girona a numerosas celebrities. Rock Hudson fue el primero.

Hudson vino a Begur acompañado de dos Secretarios y una muchacha. Los tres llevaban el pelo muy largo (...)". El personal y los huéspedes se quedaron sorprendidos al ver la afabilidad de aquella estrella de Hollywood que hablaba con todos, practicaba a diario esquí náutico ycuando tenía hambre a deshoras, en lugar de llamar al servicio de habitaciones, entraba en las cocinas del hotel para charlar con los profesionales de los fogones y preparar mano a mano algo para picar. Se dice que incluso aprendió a hacer unos arroces bastante razonables.

Vanity Fair. 1966.

lunes, 18 de febrero de 2013

Manualidades a punto de desaparecer: cortinas de ventanas en Menorca

De los viajes te quedas con muchas cosas, otras de menos peso se van quedando. Hace unos meses -en verano- fui a Menorca, y resultó que dejé constancia en este blog con varios post,  del impacto emocional y del encuentro con amigos nuevos y de toda la vida, no obstante, también me llamó la atención sobremanera, las cortinas (visillos) de algodón tejidas a mano que vi en muchas casas de Ciutadella, segunda ciudad de la isla; retraté sólo algunas pensando en un post que ahora comparto.
Me encantó esa levedad manual y el tiempo que abuelas retiradas, tías y madres con oficio deben dedicarle a este arte "simple" que embellece el entorno y lo hace personal... con flores, cuadros, mariposas, triángulos, rombos, formas de árboles y ensueños creativos. Que sirven para detener la vista del turista velar  el sol.












lunes, 3 de septiembre de 2012

Retorno a Barcelona. Atrás, el amanecer y atardecer en Menorca


Llego a la ciudad, Barcelona, y siento un ruido ensordecedor que no entiendo cómo me he acostumbrado a él. Voy desde el barrio de Gràcia a Sant Feliú de Llobregat a recoger el coche que he dejado en el parking de  una amiga, y la estación de metro de Plaza Cataluña me parece un infierno, siento las entradas de los trenes y los raíles como una tortura, peor que los vientos de tramontana en la Cala Morell o en la Torre de Fornells. No me he vuelto zen, ni eco, pero una semana sin esta atmósfera de decibelios te hace más sensible con lo que tienes, lo que pierdes y lo que no deseas tener. 
El paseo de la estación de Sant Feliú hasta su casa, me devuelve cierta paz que creí no encontrar. Luego un CD de París Saint Germain, en mi coche, me devuelve un poco aquella isla donde debe estar cayendo la tarde sobre el Clot de sa Cera, a solo cien metros del apartamento en Cala Blanca donde viví siete días, que no sé si está en mi memoria, o si la tramontana puede habérselo llevado, y me lleva aturdido por la ciudad conduciendo por inercia, pensando en otra vida, en ese otro yo que a veces busco y no encuentro.


Amanecer. No sentía la sensación de isla desde que abandoné aquella donde nací, -aunque Manhattan, en New York lo sea, y estuve hace  ocho meses-. La forma en que bate el viento en una isla, más que viento, es brisa, más que brisa es humedad. El mar busca la forma de ser un viajero accidental dentro del aire que finalmente llega hasta tu piel. He salido con mi hija al amanecer a dar un paseo por las rocas cerca de cala Blanca. Hemos sentido el sonido en directo que nos rodea, el viento ha hecho con su cabello lo que más le gusta. Ha descubierto flores nuevas, y le ha llamado la atención la tipología constructiva mediterránea, donde el arco y el soportal, junto a la abundancia del blanco, le aportan un contexto muy especial a esta zona.

Estuvimos hasta la madrugada sentados al borde de la piscina haciendo un resumen de vida entre amigos que no se ven desde hace unos años. Somos padrinos de esta pareja cubano italiana que ya tiene dos niñas y casi veinte años vividos en Milán, pero se casaron con nuestra venia en Regla, barrio del puerto de La Habana. Fuimos padrinos de una singular casación que nos ha consolidado como amigos en encuentros durante años, en Barcelona, Milán, Génova y  fueron testigos de mi primer capuccino en Italia.
Mi primer impacto de esta isla al amanecer, fue  la música. Las olas a menos de veinte metros chocando contra las rocas, y las cañas que hacen de barrera del viento. Luego, el sol te deja ver las casas de los alrededores y descubres que dan al mar, siendo muy singulares las chimeneas, todas diferentes formando un torreón leve que varía según el gusto al colocar las tejas de la caperuza.
Atardecer. Contemplar, la madrugada,  el amanecer y el atardecer fue una religión personal, aumenta su hechizo, cuando no lo hago. Aumenta mis deseos de relajación cuando termina. Por alguna razón externa volvemos a ser expulsados del paraíso una y otra vez, solo me quedan imágenes como esta secuencia del sol entrando al mar.

Personas acercándose para ver  al atardecer desde Clot de sa Cera.












Todas las fotos son  del autor del blog.

Otros posts relacionados... 
Diario de Menorca

domingo, 2 de septiembre de 2012

Diario de Menorca III. Final del viaje: Último café en Cala Blanca

"La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) decretó ayer el riesgo por lluvias y tormentas a las 16 horas y la mantendrá hasta la media noche de hoy viernes. En ese momento está previsto que se inicie la alerta amarilla por fenómenos costeros producidos por la tramontana, que alcanzará rachas de 60 km/h y se prolongará hasta el lunes."
última hora Menorca.

La llegada de los vientos de tramontana ayer, y la coincidencia de que era el 31 de agosto, funcionaron como pistoletazo de salida a todos los vacacionistas. Llegamos a Cala Blanca para tomarnos un cafe de despedida y no había nadie en el agua ni en ningún cafe del entorno, estábamos solos. La tramontana se lo ha llevado a todos por aire y por mar, y los que no escaparon, quedaron retenidos.
Adisel preparando Miel con sobrasada

Los recuerdos que dejas en la isla te pertenecen. Desde la sobrasada con miel, las ensaimadas del desayuno, imposible de ser más suaves, hasta el arroz caldoso con bogavante que comí en Cala n´Blanes, que es la mejor forma de ingerir una gran porción de mar en forma de cangrejo gigante, y yo que creía que solo se podía hacer con las ostras de Arcachón, en Burdeos.
Me prometí no convertir mi estancia en Menorca en el stress perpetuo de ver cada cala que me habían recomendado en Barcelona, pero eso es imposible, terminas recorriendo en coche y en bici, varias veces la isla buscando calas como una droga. Es cierto que en esta isla no hay museos de una vida cultural que exigimos algunos, no obstante, las calas son en sí mismas una obra de arte local de la naturaleza, ninguna es igual a la que está justo al lado, las del norte no se parecen a las del sur. Algunas tienen cuevas y lugares de enterramientos de la época de los talayóticos, los primeros pobladores, otras tienen presencia de la cultura fenicia; romanos y griegos dejaron una arquitectura de casas encaladas en blanco similar a sus islas mediterráneas y a los pueblos blancos del Sur de España y las casas de campo, muchas están adaptadas al cuidado de los caballos, herencia cultural que legada por los árabes que estuvieron asentados por acá más de cuatro siglos.
cala Binissafúller, mi cala ideal
Debo haber recorrido una decena de calas en una semana, Santandria, Sa Caleta (donde visualizé Mallorca en el horizonte), Cala Blanca, Cala Galdana (que me recordó Motril, en Granada, por sus montañas de piedras), Cala n´Porter, Arenal de Son Saura, Cala Morell, playas de Fornells, Cala n´Blanes, Caló Tancat, Cala n´Bosch, no obstante, tengo mi cala ideal: cala Binisafuller. Cerca de Binibeca.

Esta era una cala estilo Zen, íntima, vaginal, húmeda, arena infinitamente blanca, agua turquesa, silencio, una casa blanca al borde del agua, parejas leyendo y parejas con niños pequeños bañándose sin peligro por la altura, mucha naturaleza que hacia función de pubis sin depilar esparcido y dispersos en una altura, y sobre todo no terminaba abierta al mar, dando un gran giro que permitía que en caso de tramontana, sus aguas se mantuvieran muy tranquilas, casi inmóviles; y si a todo esto le unes que no había un hotel gigante cerca, no hace falta más descripción.
No todo fueron calas, la visita de día a Ciutadella, ciudad entrañable con palacetes del siglo XVIII muy bien conservados, plazas y especialmente un bar con un molino muy singular fue un gran referente con el recuerdo de una noche, la comida despedida en el café Balear con dorada y un vino blanco sublime. También las vistas desde el Monte Toro en el pueblo de Mercadal, y la visita a la torre y al faro de Fornells, donde, además, paseamos por el pueblo y terminamos casi al borde del agua es muy memorable.
Binibeca, en cuanto a pueblos de Menorca, se llevó el premio de mejor impacto emocional, por esa gracia de ser un pueblo blanco sembrado en las rocas cerca del mar queriendo ser un queso, con pasillos, patios, y casas laberínticas.
Vista Parcial de Binibeca


Escribo este final de viaje a Menorca, sobre un barco enorme que ha venido a sacar a viajeros de dos días, que no han podido salir en barcos más pequeños, los intensos vientos de tramontana nos secuestraron más tiempo del deseado en esta isla.
Ya veo el perfil de las montañas de Barcelona, tras la luz del atardecer que he visto cada día, religiosamente, desde Clot de sa Cera, en Menorca, incluso, veo algo más que las luces, pero saber donde voy, hace que el retorno tenga menos encanto que la ida, donde sí me sentía más fenicio descubridor, que urbanita barceloní.

Digamos que no tengo tanta nostalgia de la isla que acabo de abandonar, porque toda mi cultura de nostalgia surgió al abandonar la isla donde nací. Tengo, quizás, una protección adicional contra la creación de nostalgia isleña. No obstante, sé que ciertos azules vaginales de algunas calas me costarán olvidar, sé que cuando esté en las islas griegas, será un poco regresar a Menorca...

"Me gusta Menorca, porque me recuerda las islas Griegas, donde nunca he estado"



Post Relacionados...

  1. Diario de Menorca II
  2. Diario de Menorca I

viernes, 31 de agosto de 2012

Diario de Menorca II. Reencuentro Vladimir Ilich Lenin.

El sentido del viaje.

Son cinco amigas que pasaron toda la adolescencia en un internado, beca, la Escuela Vocacional: "Vladimir Ilich Lenin" que la revolución cubana creó como ejemplo modélico de construcción de hombre nuevo, léase, revolucionario y comunista, en un experimento macabro de socialismo caribeño.
No coinciden juntas desde hace más de veinte años, hoy se reencuentran en Menorca, luego de pasar los cuarenta. Los hijos amenizan el salón, pero no las distraen de volver a contarse anécdotas de cuando eran casi niñas que reflejan que todos los internados educativos son, bien contados, un reflejo que me recuerda  la lectura de un libro que cambió mi vida: Retrato de un Artista Adolescente, de James Joyce. Si Joyce narra el rigor de enseñanzas cristianas plagada de restricciones sexuales y sociales, ellas lo hacen sobre el adoctrinamiento socialista (las hacían leer el periódico oficial  del partido comunista cada día, y les hacían exámenes mensuales), educación que no sirvió de nada, pues gran parte de sus amig@s, eligieron el mismo camino que ellas, abandonaron el país socialista donde nacieron, cuando tuvieron la primera oportunidad, o tomaron conciencia de la doble moral del sistema.
Las cinco de esta historia (Griso, Yussem, Adisel, Vivian, Yara)
 que representan a miles que pasaron por la Lenin.

Solo la conversación se tensa cuando analizan la actualidad y modos de vida (créditos, especulación, educación, exilio cubano) de Miami, Milán, Barcelona, Menorca, donde viven y trabajan cada una de ellas.
Mientras cuentan,  no advierten que recuperan esa edad, que la voz y el rostro se les ilumina adolescente, que los complementos de una sonrisa perdida hace años reaparecen, gracias o/a desgracia de la madurez, los hijos, la vida, sus errores y las  pérdidas.  Me llama mucho la atención cómo recuperan historias de iniciación sexual que seguro en aquel momento el pudor no las dejaba describir como ahora lo hacen ahora, desde la posición del miembro de los profes en el pantalón cuando daban clases; la forma, según bromeaban con otras neófitas se evitaba el embarazo (haciendo un nudo en la punta del pene); o el médico de la escuela de quien se especuló podría ser un tocador de niñas y terminó expulsado. "Un tocador que las hacía desnudarse completas si les dolía la garganta o si se daban un golpe en un dedo de la mano."
Me gusta que el relato de una memoria compartida de continuantes (en su lenguaje son las que pasaron seis años juntas y no tres) plagada de nostalgia como está, las aísle de todos y todas, da igual quienes estemos allí, ellas van vestidas de azul y con el distintivo rojo de la escuela en el brazo (un átomo), haber estado becadas en esa etapa de formación de la personalidad les dio un paraíso al cual recurren solas o en grupo. Ese paraíso no era perfecto, ninguno lo es desde la creación del mismo en la mitología, creo que esa imperfección fijó aún más esas anécdotas a la piel de su menoría.
Se despiden pasada la media noche entre luna llena y tramontana. No lloran, porque no se separan, este encuentro las renueva y vuelve a tejer esa memoria para enfrentar un futuro.



"Stephen se mantenía en el extremo de su línea, fuera de la vista del prefecto, fuera del alcance de los pies brutales, y de vez en cuando fingía una carrerita. Comprendía que su cuerpo era pequeño y débil comparado con los de la turba de jugadores, y sentía que sus ojos eran débiles y acuosos" James Joyce


Post relacionados:


  1. Diario de Menorca I
  2. Diario de Menorca III
  3. Fiesta de ex alumnos de la Lenin en Barcelona...
  4. Ya tú no estás en la Habana...


lunes, 27 de agosto de 2012

Diarios de Menorca I. Viaje en barco.

Diario I. El Barco

Salgo por primera vez de Barcelona a Menorca en este medio, por  la misma ruta que  hicieron los fenicios hace siglos en sus intercambios comerciales que nos trajo el alfabeto.
Desde ayer estoy pensando en mi padre, que ha sido marino mercante durante más de 45 años. Le dio varias veces la vuelta al mundo. Se retiró con el título de lobo de mar.

Las veces que vino a Barcelona como marinero, ya viviendo yo aquí, pude verlo, nunca me preocupé por lo que se sentía cuando te alejas en barco de la ciudad. Ahora voy sobre las olas del Mediterráneo y siento un vaivén similar a un tren. 
Recuerdo la salida  de París en tren en el año 2000. Ese tren me fue quitando la piel a mi llegada a Europa, un tren de Matanzas a La Habana hace mucho más tiempo, cambió parte de mi vida.
La espuma de la despedida de la ciudad forma un cuerpo de agua única, el viento, gracias al impulso  y a nuestra resistencia, se hace más fuerte, a pesar del calor que hace.
Cuando abandonas grandes ciudades en tren, bus o barco la reflexión sobre tu estado de ánimo se hace diferente, la puedes escribir e ir observando como el objeto de deseo que abandonas momentáneamente,  se aleja; escribes  una línea, y luego miras su trayectoria,pero al momento, el mar te la va borrando.
Incluso, puedo pensar en un koan zen que acabo de leer en un libro del japonés Natsume Soseki...
"imaginar el sonido de una sola mano". Yo lo imagino, pues fue mi mano izquierda  diciendo adiós a mi padre.

Diario II. Sentado en la popa del barco sin referencias visibles.

En otras circunstancias, el ruido de este motor no me gustaría pero ahora me lleva.Todo el Mediterráneo me rodea, azul profundo, nunca he sido tan Ulises como hoy, no dudo que él haya sentido cantos de sirena de profunda nostalgia. Aunque Jordi Roselló me alertó,  de que se suelen ver delfines, no estaría mal ver al menos una sirena como me ha enseñado a disfrutar mi hija.

Cuando estaba adentro sentado, mientras mi hija dormía entre mis brazos, veía por la ventana del otro extremo del barco, el horizonte como una línea azul de agua, que subía más arriba de la mitad de aquella ventana,  y me sentía por encima de las olas. Ya afuera, sentado en el suelo de la popa, me siento mar, mar soy, nací en marzo.
Casi ha caído la tarde y la luna menguante comienza a subir. No es la misma luna que hace unos días seguí por la Costa Brava, esta luna, se mueve como las olas y yo mismo, tiene el vaivén del vino, a veces se esconde por debajo de la segunda planta del barco, juega con lo concentrado que voy tan cercano al poeta japonés, que acabo de leer.La gente se acerca con una timidez extraña al borde del agua, como si la vida del Mar fuese ajena a su propia vida. Los miro y sé que el azul les obliga a mirarse por dentro.
No hay nada que no sea el mar. Soy el mar.No hay nada alrededor que no sea el Mediterráneo, y no me es ajeno. El motor me hace saber que voy flotando,  que está en mí toda la energía del agua.
Voy por encima del agua pero mi vida navega por dentro de ella. 
No tengo  red. Estoy solo despúes de mucho tiempo, concentrado  en mí y me agrada esta desconexión momentánea, soy un nativo digital sin red. Cuando alzo la vista, veo que los otros pasajeros están menos pendientes de sus móviles, con las miradas perdidas, han dejado de ser multitareas. Creo que llegará un momento donde obligarán a la gente a desconectarse, para estar un rato con sus ideas y saber que existen, que no son una respuesta inmediata en Facebook, twitter o whasaps.

De niño cuando despedía a mi padre en el puerto de La Habana, sentía un extraño abandono,  toda despedida es un abandono. Hay una extraña crueldad  de la cual el que se marcha,  no es conciente. Ahora quien te despide, te hace una foto y está pendiente del facebook para ver si el hermano u otro familiar se entera de que su padre se va, se concentra parcialmente en su dolor, la otra mitad, está en otra tarea en compartir la inmediatez, no se si es bueno, es diferente.

Diario III. Las primeras luces de Menorca y la última luna de Neil Armstromg.

Ya veo esas luces que indican el final del viaje. Menorca será una isla en tierra firme que alejará de mi este vaivén permanente de hace cuatro horas, que revuelve mi memoria en todas direcciones.
La luna, a pesar de que tiene más intensidad de luz, tiene  menos protagonismo, que a la caída de la tarde. Ya nadie mira hacia arriba para verla, ya todos tienen un horizonte fijo a la altura de los ojos, las luces de la ciudad, como aquella maravillosa película de Charles Chaplin. En Estados Unidos, en ese instante, habia muerto Neil Armstrong a los 82 años, el primer hombre que pisó la Luna, en 1969.