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lunes, 5 de septiembre de 2016

Cala Binisafuller. Cerca de Binibeca, en Menorca. Agosto del 2012.


«Esta era una cala estilo Zen, íntima, vaginal, húmeda, arena infinitamente blanca, agua turquesa, silencio, una casa blanca al borde del agua, parejas leyendo y parejas con niños pequeños bañándose sin peligro por la altura, mucha naturaleza que hacia función de pubis sin depilar esparcido y dispersos en una altura, y sobre todo no terminaba abierta al mar, dando un gran giro que permitía que en caso de tramontana, sus aguas se mantuvieran muy tranquilas, casi inmóviles; y si a todo esto le unes que no había un hotel gigante cerca, no hace falta más descripción».

jueves, 13 de noviembre de 2014

Buda en una tienda de Chinos en Barcelona

Entro con libro de Simic a una tienda de objetos chinos en Barcelona. La tienda tiene al inicio, una fila de Budas soñolientos.  En estas tiendas nadie te saluda. Quizás porque los chinos pensarán que venden bastante barato para además darte gratis el saludo. No sé si estoy en San Francisco con Charles Simic o estoy en mi ciudad.

Los Budas a pesar de estar semidormidos parecen leer mis pensamientos....

Me encantaría tener una cabeza de estas en mi casa y ponerle velas o incienso de olores frágiles.
Las cabezas tienen diferentes colores y algunas terminan con el cuello lleno de arena y otras con fuentes de agua. Estos elementos básicos de la filosofía griega me confunden y no se alegir.
Buda se ha apoderado de Barcelona. Buda se ha apoderado de los separados y separadas, de los parados y desempleadas, del sobrepeso y del strees, todos te recomiendan a él como si antes en su lugar no hubiese estado Jesús de Nazareno que tampoco acabo con ninguno de estos problemas. En cambio, hay Budas que me invitan a algo..

Este Buda lleva las Ramblas, y Montjuïc en el pecho y su cuello es el Mediterráneo de Joan Manuel Serrat. No tiene pinta de dejarnos.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Mirar el sol naciente en Barcelona... Influir para que otros lo miren...


Ayer cuando me bajé del coche para hacer esta foto en plena vía de Barcelona. Me sentí absolutamente genial, ya que dos adolescentes que iban andado a su cole, luego de verme, dejaron su conversación y miradas a sus teléfonos y comenzaron hacerle fotos al sol naciente. Sólo habían dos, pero lograr que dejarán de mirar sus smarphones y mirarán este sol,  y además hacerle fotos, me hizo tan feliz como tener más de 250 seguidores en todas las redes que publicó mis textos.
Boris Larramendi diría: ¡Bárbaro!

lunes, 7 de octubre de 2013

El sol naciente en Barcelona desde Horta Guinardó.

Si llevas a tu hija al cole y ves un sol como éste, estás condenado a retratarlo. Algo así no puedes darte el lujo ni ser tan egoísta de quedártelo para ti cuando sabes de sobra que hay muchas personas que no tienen el cuerpo como para mirar el sol por la crisis, por no tener trabajo, por estar solos en el exilio, por una enfermedad de sí mismos o de alguien cercano, o sencillamente por ser opositores de una idea política distinta a un régimen dictatorial en cualquier parte del mundo. 
Un sol así te hace tener esperanzas de que la vida amanece pase lo que pase, te ayuda a tener ilusión zen sobre un futuro incierto; y además, tener la ilusión de compartir algo es alcanzar la virtud, y la virtud según Sócrates, es algo que no se enseña.
Un sol así me recuerda el rostro de una amiga que la semana pasada me dijo -iluminada por el vientre-mientras comíamos, que iba a ser madre de una niña y que su chico estaba como loco por ser papá.
Un sol así, es "fresca esperanza" como me comentó un lector hace unos días con otro post... Y acertó.




lunes, 27 de agosto de 2012

Diarios de Menorca I. Viaje en barco.

Diario I. El Barco

Salgo por primera vez de Barcelona a Menorca en este medio, por  la misma ruta que  hicieron los fenicios hace siglos en sus intercambios comerciales que nos trajo el alfabeto.
Desde ayer estoy pensando en mi padre, que ha sido marino mercante durante más de 45 años. Le dio varias veces la vuelta al mundo. Se retiró con el título de lobo de mar.

Las veces que vino a Barcelona como marinero, ya viviendo yo aquí, pude verlo, nunca me preocupé por lo que se sentía cuando te alejas en barco de la ciudad. Ahora voy sobre las olas del Mediterráneo y siento un vaivén similar a un tren. 
Recuerdo la salida  de París en tren en el año 2000. Ese tren me fue quitando la piel a mi llegada a Europa, un tren de Matanzas a La Habana hace mucho más tiempo, cambió parte de mi vida.
La espuma de la despedida de la ciudad forma un cuerpo de agua única, el viento, gracias al impulso  y a nuestra resistencia, se hace más fuerte, a pesar del calor que hace.
Cuando abandonas grandes ciudades en tren, bus o barco la reflexión sobre tu estado de ánimo se hace diferente, la puedes escribir e ir observando como el objeto de deseo que abandonas momentáneamente,  se aleja; escribes  una línea, y luego miras su trayectoria,pero al momento, el mar te la va borrando.
Incluso, puedo pensar en un koan zen que acabo de leer en un libro del japonés Natsume Soseki...
"imaginar el sonido de una sola mano". Yo lo imagino, pues fue mi mano izquierda  diciendo adiós a mi padre.

Diario II. Sentado en la popa del barco sin referencias visibles.

En otras circunstancias, el ruido de este motor no me gustaría pero ahora me lleva.Todo el Mediterráneo me rodea, azul profundo, nunca he sido tan Ulises como hoy, no dudo que él haya sentido cantos de sirena de profunda nostalgia. Aunque Jordi Roselló me alertó,  de que se suelen ver delfines, no estaría mal ver al menos una sirena como me ha enseñado a disfrutar mi hija.

Cuando estaba adentro sentado, mientras mi hija dormía entre mis brazos, veía por la ventana del otro extremo del barco, el horizonte como una línea azul de agua, que subía más arriba de la mitad de aquella ventana,  y me sentía por encima de las olas. Ya afuera, sentado en el suelo de la popa, me siento mar, mar soy, nací en marzo.
Casi ha caído la tarde y la luna menguante comienza a subir. No es la misma luna que hace unos días seguí por la Costa Brava, esta luna, se mueve como las olas y yo mismo, tiene el vaivén del vino, a veces se esconde por debajo de la segunda planta del barco, juega con lo concentrado que voy tan cercano al poeta japonés, que acabo de leer.La gente se acerca con una timidez extraña al borde del agua, como si la vida del Mar fuese ajena a su propia vida. Los miro y sé que el azul les obliga a mirarse por dentro.
No hay nada que no sea el mar. Soy el mar.No hay nada alrededor que no sea el Mediterráneo, y no me es ajeno. El motor me hace saber que voy flotando,  que está en mí toda la energía del agua.
Voy por encima del agua pero mi vida navega por dentro de ella. 
No tengo  red. Estoy solo despúes de mucho tiempo, concentrado  en mí y me agrada esta desconexión momentánea, soy un nativo digital sin red. Cuando alzo la vista, veo que los otros pasajeros están menos pendientes de sus móviles, con las miradas perdidas, han dejado de ser multitareas. Creo que llegará un momento donde obligarán a la gente a desconectarse, para estar un rato con sus ideas y saber que existen, que no son una respuesta inmediata en Facebook, twitter o whasaps.

De niño cuando despedía a mi padre en el puerto de La Habana, sentía un extraño abandono,  toda despedida es un abandono. Hay una extraña crueldad  de la cual el que se marcha,  no es conciente. Ahora quien te despide, te hace una foto y está pendiente del facebook para ver si el hermano u otro familiar se entera de que su padre se va, se concentra parcialmente en su dolor, la otra mitad, está en otra tarea en compartir la inmediatez, no se si es bueno, es diferente.

Diario III. Las primeras luces de Menorca y la última luna de Neil Armstromg.

Ya veo esas luces que indican el final del viaje. Menorca será una isla en tierra firme que alejará de mi este vaivén permanente de hace cuatro horas, que revuelve mi memoria en todas direcciones.
La luna, a pesar de que tiene más intensidad de luz, tiene  menos protagonismo, que a la caída de la tarde. Ya nadie mira hacia arriba para verla, ya todos tienen un horizonte fijo a la altura de los ojos, las luces de la ciudad, como aquella maravillosa película de Charles Chaplin. En Estados Unidos, en ese instante, habia muerto Neil Armstrong a los 82 años, el primer hombre que pisó la Luna, en 1969.